En Fuentesaúco y Toro (Zamora), en 1936, los franquistas asesinaron VILMENTE a los maestros REPUBLICANOS Bernardo Pérez Manteca, y sus hijos Arquímedes y Arístides

Bernardo Perez Manteca word pressBernardo Pérez Manteca nació en Zamora en 1885, hijo de Raimundo y Josefa. Educado en un ambiente familiar religioso, estudió en el Seminario, aunque no llegó a ordenarse. Casado con Aurora Sánchez Ros, natural de Venialbo, tuvieron 3 hijos, Arquímedes, Arístides, y Covadonga, que siguieron también la carrera de magisterio. A lo largo de su juventud ejerció la profesión docente en Guarrate y Valdescorriel (Asturias) y La Encina de San Silvestre (Salamanca).

En agosto de 1930 obtuvo destino en Fuentesaúco, donde fue uno de los fundadores y secretario del Partido Republicano Radical Socialista, en 1932. En 1933, pasó a Izquierda Republicana junto a la mayor parte de sus compañeros de agrupación. En 1933 era secretario de la Asociación Provincial del Magisterio Nacional, declaradamente apolítica. Su prestigio profesional y su militancia política le otorgaron la confianza de las autoridades educativas Republicanas, un factor que le situó como objetivo de los golpistas.

Tras la victoria del Frente Popular en 1936, Bernardo se integró en la gestora municipal como vocal de Izquierda Republicana. Cuando se produjo el golpe fascista, el 28 de julio, Bernardo y sus hijos fueron detenidos por falangistas. María Antonia Iglesias, autora del libro «Maestros de la República» cuenta que “Mucha gente del pueblo protestó para que no se lo llevaran, todo el mundo lo quería como maestro. Se lo llevaron porque había quitado el crucifijo, alguna excusa había que poner”. Covadonga fue detenida el 4 de agosto y permaneció en la cárcel provincial hasta el 24 del mismo mes: “Me metieron al calabozo y de allí, a la cárcel, donde me encontré con uno de los Pertejo, que era del Partido Comunista creo, lo tenían atado y al día siguiente le fusilaron”. A la misma prisión fueron trasladados Bernardo y Arquímedes, mientras Arístides fue conducido a la cárcel de Toro.

Bernardo Pérez Manteca (51 años) y otros 4 detenidos fueron “sacados” de la cárcel provincial con el pretexto de su traslado a la cárcel de Bermillo, para ser “encontrados muertos” en el cementerio de San Atilano el 18 de agosto. El día 20, Arquímedes (26 años) corrió la misma suerte junto a otros 12 detenidos, entre ellos el maestro de Peleas de Arriba, Josué Fuentes. El 13 de septiembre, Arístides (23 años) fue “sacado” de la cárcel de Toro junto con otros 9 detenidos, y todos fueron asesinados en el cementerio de esa localidad.

Nos relata Luis Mateo Díez: «Nada más terrible que el fusilamiento del maestro, muerte alevosa de quien entregó su vida a la enseñanza, a cultivar la inteligencia y el conocimiento de quienes en la infancia aspiran a la primera luz. Todo lo que rodea la figura del maestro fusilado de Fuentesaúco, lo que nos cuenta su hija Covadonga, sus alumnos, un cura del pueblo que le conoció, remite a la consideración habitual de la generosidad, la ejemplaridad y la dedicación».

Cuenta Covadonga: «Los falangistas entraron como fieras en la casa de Fuentesaúco, revolviendo desbaratando todo, abrieron los cajones, dejaron todo tirado ¿Dónde están tu padre y tu hermano?” Entraron, a saco y a traición en la vida apacible de aquella familia de la que se llevaron, en un camión, 3 vidas, y dejaron otras 2 medio muertas, Covadonga y su madre no olvidarían nunca aquellos días de oscuridad de la cárcel a la cual las llevaron los falangistas sin dar razón.

«A mi madre, que era guapa y simpática, se le acabó todo, hasta la forma de vestir, desde ese momento dejó de ser persona, era un trapo. Mis hermanos eran encantadores, cantaban. Mi casa era alegre y mi padre muy formal, ¡le adorábamos! Pero todo aquello se perdió. En mi mente no». Y añade: «Aparte de la envidia, a los falangistas les molestaba que mi padre y otros maestros enseñaban a los chicos a leer, a hacer cuentas, a pensar, y eso no les gustaba, les gustaban los analfabetos, a los que podían engañar. Además, su forma de ser, de vivir, sabían muy bien que los niños seguían y querían al maestro, y eso es les fastidiaba.»

“¿Acusados de qué?” Covadonga mantiene la pregunta en el aire. De poco sirvió a Bernardo Pérez recoger, cuando la República ordenó retirarlos, aquel crucifijo de su aula, Covadonga precisa con dolor: “Se lo llevó y lo puso en su cabecera de la cama ¡Fusilados no, asesinados! ¿Por qué? No habían hecho nada. Mi padre era católico y creyente, iba a misa; y en la escuela, ante todo, la ley de Dios. El precepto que seguía y enseñaba a rajatabla hasta en su propia casa, no levantarás falsos testimonios ni mentirás”.


Documentos: Asociación Manuel Azaña (Eduardo Martín González). Olvida tu equipaje. La opinión de Zamora (Susana Arizaga). El Viejo Topo (Félix Población). Y el libro de María Antonia Iglesias, Maestros de la República, Los otros santos, los otros mártires


En MEMORIA de las mujeres y hombres del Ejército de la REPÚBLICA Española