Posguerra franquista, un MILLÓN de PRESOS POLÍTICOS y Doscientos mil MUERTOS

Si en la terrible “défrancada ominosa” de Fernando VII, se calculan en 100.000 el número de presos, condenados y ejecutados, durante los 36 años posteriores al triunfo franquista el número de muertos duplica aquella cifra y el de presos y perseguidos supera con creces el millón de españoles. ¿Cuántos fueron los presos políticos, a cuántos millones de años alcanzaron las penas de reclusión en presidios, cárceles, campos de concentración y trabajo, batallones disciplinarios y de fortificaciones? ¿Cuántos perecieron de muerte violenta, de inanición, de enfermedades carenciales? ¿Cuántos murieron víctimas de un interrogatorio, una paliza o un paseo? ¿Cuantos los que fueron fusilados o ejecutados en garrote vil entre 1939 y 1975?

No lo sabemos con exactitud, pero las víctimas reales y efectivas superan con creces cuanto se ha dicho dentro y fuera de España, la llamada Paz de Franco tuvo un extraño parecido con la de los cementerios. Charles Foltz, periodista norteamericano de la Associated Press en Madrid a finales de la segunda Guerra Mundial, autor de un libro no publicado en España, “Masquerade in Spain” en 1948, sostiene que según datos oficiales facilitados en el Ministerio de Justicia madrileño, entre el 1 de abril de 1939 y el 30 de junio de 1944, el número de ejecutados o muertos en las prisiones españolas alcanzaba la cifra de 192.684 personas. Lo confirma el conde Galezzo Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Asuntos Exteriores de la Italia fascista: “Las ejecuciones son aún muy numerosas, en Madrid, de 200 a 250 diarias; en Barcelona 150; 80 en Sevilla que, en ningún momento estuvo en manos de los rojos”.

En Madrid actuaban permanentemente 5 consejos de guerra sumarísimos de urgencia, que juzgaban entre 200 y 300 personas diarias, contra más de la mitad de las cuales solicitaban los fiscales la más irreparable de las penas. Durante estos años, e incluso con posterioridad, solía haber un mínimo de 3 a 4 sacas semanales, variando el número de los ejecutados en cada una de ellas. Igual sucedía en Barcelona, Valencia, Alicante, Murcia, Albacete, Almería, Jaén o Tarragona. En cada juicio solían comparecer entre 20 y 60 personas, muchas de las cuales no habían sido interrogadas por ningún juez ni conocían el nombre del defensor, al que en ningún caso habían designado. Era muy raro que se permitiera declarar a un solo testigo en el acto de la vista y la suerte de los procesados se dilucida generalmente en menos de 3 horas.

Aparte de juzgarles por un delito de rebelión militar, que evidentemente no habían cometido, se invertían normas jurídicas universales, y no es el acusador quien debía probar, sino el acusado quien necesitaba demostrar su inocencia. La simple denuncia se consideraba prueba suficiente, la demostración de inocencia del inculpado ofrecía con frecuencia insuperables dificultades, si le culpaban de haber matado a 20 personas sin decirle sus nombres ni cuándo, dónde ni cómo perecieron, no tenía posibilidad alguna de demostrar su inocencia.

Fueron muchos millares los granadinos que sin formación de causa ni proceso de ninguna clase fueron inmolados por la vesania sádica de individuos como el comandante Valdés o el tristemente famoso capitán Rojas, autor en 1933 de la masacre campesina de Casas Viejas. Lo mismo sucedía cuando se trataba de conocer la verdad de lo ocurrido en Navarra, Valladolid, Burgos, Sevilla y Zaragoza que desde el primer momento estuvieron en manos de los rebeldes y en las poblaciones que posteriormente ocupaban las fuerzas franquistas como Badajoz, Málaga, Bilbao y Gijón.

En todas partes se pusieron en práctica las instrucciones reservadas de Mola en una circular del mes de junio de 1936; “…Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al movimiento aplicándoles castigos ejemplares…Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión, todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado…”.

Igualmente macábras resultaban las arengas de Queipo de Llano en Radio Sevilla: “Vayan las mujeres de los rojos preparando sus mantones de luto. Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción contra vosotros.” “¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré”. “Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los cobardes lo que significa ser hombre. Y de paso, también a las mujeres. Después de todo esto, estos comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen.”

Lejos de imitar la conducta generosa de los liberales que no tomaron represalias de ninguna clase al vencer en las 3 guerras carlistas del siglo XIX, Franco anunció que la liquidación de la contienda fratricida “no debe hacerse a la manera liberal con amnistías monstruosas y funestas que más bien son engaño que gesto de perdón”. Durante los 36 años que aún duró su vida, Franco cumplió al pie de la letra su propósito sin cansarse en ningún momento de firmar sentencias de muerte, añadiendo de su puño y letra en numerosas ocasiones la siniestra coletilla “garrote vil”. Le cabe la triste gloria de haber hecho ejecutar a mayor número de compatriotas a lo largo de todos los siglos de la historia nacional. Entre el 1 de abril de 1939 y el 20 de noviembre de 1975, más de un millón de españoles se vieron privados de libertad por motivos políticos y decenas de miles perecieron frente a los pelotones de ejecución.


Artículo original de Eduardo de Guzmán en Unidad cívica por la República


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