MARIA MARTIN, Los franquistas asesinaron a su madre, y le robaron a su hija recién nacida

Maria Martin word pressMaría Martín: paradigma del sufrimiento de las víctimas del Franquismo, “A nosotros, que no somos nada, el mundo entero nos da la espalda”. Su padre era labrador y segador, su madre Faustina guisaba y limpiaba en casas de otros. María fue víctima, porque su madre fue asesinada por los falangistas, recuerda cómo se repartían todas sus posesiones con Faustina de cuerpo presente. Víctima de las palizas que propinaban a su padre, que le hacían llegar a casa con la carne del brazo colgando. Víctima del aceite de ricino y de las guindillas, que le hacían tomar a ella y a su hermana desde los 6 años hasta los 17. “A los niños nos daban medio litro de aceite de ricino con diez guindillas y a los mayores y las mujeres embarazadas, el litro entero con veinte”. También a las mujeres embarazadas, que acababan inconscientes, exhaustas de dolor y humillación. Víctima de los encuentros callejeros con gentes de derechas, que amenazaban constantemente con matarla como a su madre. Víctima del presunto robo de una niña. Víctima de la indiferencia de las autoridades a las que constantemente pidió ayuda sin recibir respuesta.

“El día que entraron los moros se llevaron a mi madre. La soltaron para que fuera a buscar mil pesetas. Como no las tenía, la mataron al día siguiente. A mi hermana no le dejaron despedirse de ella, un guardia civil le pegó con la culata del fusil y la tiró al suelo. Ese día mataron a 27 personas, entre ellas cuatro mujeres que fueron desnudadas. No nos permitieron recuperar la ropa. Antes de matarla, los falangistas le habían rapado la cabeza. Todo menos un mechón en la coronilla que le ataron con un lazo rojo antes de hacerle pasear por el pueblo con un grupo de mujeres a las que habían hecho lo mismo”. Su padre nunca se recuperó. María le siguió muchas veces hasta el lugar donde habían matado a su madre, y escondida, le veía llorar durante horas arrodillado en la tierra. “Agarraba un puñado de zarzas y tenía las manos tan duras de trabajar, que ni sangraba”, recordaba María. “Desde que mataron a su mujer hasta el 29 de marzo de 1977 en que murió, mi padre solicitó en Pedro Bernardo (Ávila) que le dejaran recoger los restos de mi madre, pero la única respuesta que recibió fue: Tú te la llevarás al cementerio cuando las ranas críen pelo. No andes molestando no vayamos a hacer contigo lo que hicimos con ella”.

El 7 de diciembre de 1963 nació mi primera hija. Me dieron unas contracciones muy fuertes, pero la enfermera me decía que no apretara y me dio dos bofetadas, a dos manos, me cruzó las piernas y se sentó encima de mí. Me llevaron corriendo al quirófano y me anestesiaron. La niña nació, pero yo todavía no la he visto. Yo tenía la confianza de que ella seguía en al incubadora con la pulsera, pero no me la enseñaban. Al final vino una monja y le exigí que me enseñara a la niña. Se santiguó. Le dije: “Ya no me digas más, pero quiero verla viva o muerta.” Me contestó que ya hacía ocho días que la habían enterrado.


Documentos por Aitor Fernández: (Los ojos de HipatiaBúscame en el ciclo de la vida y Periodismo humano), El Mundo (Maria Peral), El País (Natalia Junquera)


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