VIDAS ROBADAS. HIJOS DE LAS CARCELES FRANQUISTAS. Unos 30.000 niños, hijos de republicanos encarcelados o muertos, fueron a manos de familias del otro bando

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Bastaba falsear sus vidas, sus apellidos. Hoy, los que quedan intentan, sin ayuda oficial, recuperar a los suyos, su pasado. Se estima que desde el inicio de la Guerra Civil y hasta los años cincuenta, los sublevados de 1936 robaron a los republicanos alrededor de 30.000 niños, incluidos los encerrados junto a sus madres en las cárceles franquistas, algunos para meterlos en seminarios u hospicios; otros para ser dados en adopción a ciudadanos afectos al régimen franquista. La preocupación del régimen por los hijos de los republicanos se plasmó en las colonias infantiles en el extranjero. El Servicio Exterior de Falange puso especial énfasis en repatriar a esos niños y niñas, muchas veces con su familia desaparecida, y de los que el avance de las tropas alemanas en Europa facilitó el retorno masivo. En total, de 32.037 niños enviados por sus padres al exterior regresaron 20.266, según datos que ha recopilado Ricard Vinyes. Algunos niños tenían una imagen que recordar. Otros no, fueron sustraidos cuando eran aún bebés. ¿Dónde fueron esos bebés? ¿Quién se los quedó?

Esa historia siniestra comienza incluso antes de la guerra y en teorías tan disparatadas como las del psiquiatra militar Antonio Vallejo Nájera, cuya tesis era que el marxismo es una enfermedad mental propia de personas intelectualmente débiles y moralmente despreciables. Franco lo nombró psiquiatra en jefe de su ejército, le dio permiso para que iniciase sus investigaciones con los prisioneros y firmó las leyes que hacían falta para que sus desvaríos se hiciesen realidad. Esas leyes otorgaban automáticamente al nuevo Estado la tutela de los niños internados en los hospicios del Auxilio Social, la institución caritativa que había fundado la viuda del líder falangista Onésimo Redondo, y le autorizaba a cambiarles los apellidos. Era una autopista hacia la impunidad, pues daba a los rebeldes carta blanca para secuestrar a los hijos de los republicanos, darlos nuevo nombre y hacerlos desaparecer de sus vidas.

Las diferentes asociaciones memorialistas no han logrado que ningún Gobierno les apoye, ni que el dictador sea calificado de genocida, ni que sus miles de asesinatos se cataloguen como crímenes contra la humanidad, lo que impediría que pudieran considerarse prescritos o amnistiados, ni que la apología del franquismo sea delito, ni se ha querido hacer un registro de ADN con los afectados. Estremece pensar en aquel país lleno de niños perdidos o abandonados, de hospicios del Auxilio Social o seminarios donde iban a verlos, a tasarlos, a llevárselos… La beneficencia franquista era, en realidad, parte del aparato represor de la dictadura, y en los internados trataban a las criaturas con métodos castrenses.

Hija mía! ¡No me la quiten! Por compasión, no me la roben. ¡Que la maten conmigo! ¡Me la quiero llevar al otro mundo! ¡No quiero dejar a mi hija con esos verdugos!’. Fray Gumersindo de Estella describe así los gritos que el 22 de septiembre de 1937 se oyeron en la cárcel de Torrero (Zaragoza) antes del fusilamiento, entre otros detenidos republicanos, de Selina Casas y de Margarita Navascués. ‘Las di la absolución y, antes de que el teniente descargara los tiros de gracia, me alejé de aquel lugar caminando como un autómata’. Después de llevaron a las hijas de ambas.


Documentos originales en El Pais (1 y 2). Benjamin Prado. Teresa Cendros y Francesc Valls


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