La durísima Violencia franquista contra los REPUBLICANOS de Alcalá de Guadaíra (Sevilla). Parte 1, La Represión

Alcala de Guadaria 1 word pressCon la guardia civil acuartelada, el Ayuntamiento fue el único organismo del Estado que quedó en Alcalá para hacer frente a la situación de extrema anormalidad e incertidumbre creada por el acto criminoso de la rebelión militar fascista del 18 de Julio de 1936. El Ayuntamiento actuó con la colaboración, sobre todo, del Sindicato de Oficios y Profesiones Varias de Trabajadores; entre ambos realizaron registros en busca de armas de fuego, se organizaron puestos de guardia y barricadas, y se detuvieron a elementos desafectos a la República, en buena medida para salvaguardarlos de posibles agresiones.

La tarde del 21 de julio de 1936, Alcalá fue asaltada a mano armada por un grupo de militares sublevados contra el Gobierno de la República Española. El “oficial” legionario Antonio Castejón Espinosa salió hacia Alcalá de Guadaíra“con mas de 30 legionarios, 50 falangistas, 50 requetés y 40 guardias civiles. Llevaban fusiles, granadas de mano, artillería y un coche blindado. En el camino, en las inmediaciones de la Venta de la Alegría asesinaron a 2 muchachos sevillanos que venían de Alcalá de comprar pan. A Alcalá llegaron el día 21. La hueste legionaria bajó por la calle Herreros y destrozó toda clase de mobiliario y enseres en el Ayuntamiento.

En apenas 4 horas los fascistas asesinaron al menos a 4 personas y se llevaron prisioneras a Sevilla como mínimo a otras 13, capturadas casi todas ellas en el Ayuntamiento. En el interior de la taberna de José Aragón Rueda, cerca del Ayuntamiento, mataron a Rafael Jurado Barbero, y en el despacho del alcalde, a Miguel Ángel Troncoso, jefe de la guardia municipal. El coche blindado entró por la Cañada y recorrió también otras calles del centro. Nadie los hostilizó ni les opuso resistencia.

Al día siguiente falangistas y guardias civiles comenzaron a registrar domicilios particulares y sedes sociales de partidos y sindicatos en busca de armas y documentación. Lo más destacable fue la venganza a la que los sublevados se entregaron y su colaboración al refuerzo de la insurgencia contra el gobierno de España. El poder en Alcalá a partir del día 22 estuvo en manos de la guardia civil, falangistas, cívicos y requetés, que continuaron con entusiasmo la labor comenzada por los legionarios de Castejón, asesinando, tomando rehenes, deteniendo, encarcelando, torturando, desterrando a familias enteras, imponiendo trabajos forzados, amenazando, humillando y vejando, allanando moradas y establecimientos comerciales, multando, disponiendo de bienes ajenos por la fuerza y sin compensación, repartiendo armas y credenciales de autoridad entre los correligionarios.

Los devastadores efectos de la represión alcanzaron, entre víctimas directas e indirectas y su familiares más cercanos, a un 10% de la población de Alcalá, que en 1936 andaba en torno a los 19.000 habitantes. Unos 100 Republicanos vecinos y/o naturales de Alcalá de Guadaíra fueron asesinados. El enaltecimiento de la rebelión y la exaltación de lo religioso se convirtieron en prácticas habituales. Raparon la cabeza a Teresa Otero Sánchez, suegra del concejal José Fernández Bonilla, al que los rebeldes asesinaron, la obligaron a beber aceite de ricino y la humillaron paseándola por la calle de la Mina. En el cuartel de la Falange raparon a Encarnación de la Prida Márquez, hermana de José, al que después asesinaron. A Rafaela Gandul Pérez, esposa del también asesinado Daniel Galiano Morales, la pelaron y pasearon desnuda, junto a otra mujer en un carro por las calles.

El castigo a los hijos en las personas de sus padres fue una práctica generalizada, y también sufrieron represalias algunos de los padres de otros que huyeron para incorporarse al ejército Republicano. En los pinares de Oromana se instaló un campo de concentración. La dureza represiva, el hambre, el frío, las condiciones higiénicas deplorables eran la tónica habitual, hubo epidemias de disentería y de tifus exantemático que causaron la muerte a varias personas.

La venganza de los sublevados también se dirigió contra el patrimonio de los perseguidos y, en no pocos casos, contra sus familiares. Las denuncias, verbales por escrito, espontáneas o inducidas, señalando a quienes habrían de ser represaliados, se constituyeron en instrumento usual de la venganza a que los sublevados se entregaron inmediatamente a continuación de su triunfo y durante muchos años después.

Continúa en Parte 2, Los ASESINATOS del Verano del 36, y Parte 3, Y siguieron los CRÍMENES


Toda la información procede del Documento original de Félix J. Montero Gómez: Alcalá de Guadaíra, 21 de Julio de 1936: Consecuencias de la Rebelión Militar


En MEMORIA de las mujeres y hombres del Ejército de la REPÚBLICA Española