El joven Josu Zabala Erasun nació en Irún, era el menor de 6 hermanos y tenía 24 años cuando en el transcurso de una manifestación en Hondarribia, 2 tiros disparados a bocajarro atravesaron su cuerpo y acabaron con su vida en la calle San Pedro. Era el 8 de septiembre de 1976, el mismo día en que la localidad guipuzcoana celebraba su día grande. Lo recuerda Juanjo Larrarte, que corrió junto a Zabala para escapar de la carga de la guardia civil: «Yo me caí en una esquina, y él pegó con una acera, y también cayó. Intentamos escapar por un callejón entre dos casas. Escuché un sonido fortísimo. Intuí que se trataba de un tiro, y así fue».
El cuerpo fue trasladado a Donostia, pero impidieron a los médicos realizar la autopsia; la hicieron los militares, que concluyeron que falleció a causa de «una fractura de la columna vertebral» y un« gran hemiperitoneo». El guardia civil que lo mató fue sentenciado y amnistiado en el 77. Jamás pisó la cárcel. El Ayuntamiento no fue ajeno al dolor, el gobierno local dimitió en pleno y la alcaldesa, Mercedes Iridoi, pasó aquella noche cerca de la familia Zabala-Erasun. Mercedes se emociona 40 años después. «En aquella época en todas las fiestas pasaba algo, y le pedí al gobernador que no viniera, y que tampoco mandara a la guardia civil, a nadie. Me prometió que así sería. Era un chaval que tenía toda la vida por delante», se lamenta.
El día siguiente a su muerte Hondarribia salió a la calle. La presencia policial fue enorme, incluso volvieron a cargar con pelotas de goma, causando más heridos. En la esquina donde lo mataron pusieron una enorme ikurriña y flores, muchas flores. La gente se turnaba para custodiar ese rincón y recolectaron donativos, parte de los cuales la madre de Zabala, mujer de mucha fe, invirtió en misas, el panteón y una placa de recuerdo, apunta su sobrina Maribel Tejedor.
Las muestras de cariño no cesaron, y se propagaron por todo el territorio. Hubo huelgas, protestas y los comercios y bares también cerraron. Tras enterrarlo, la tumba estuvo custodiada de noche por 4 guardias civiles. Pese a la vigilancia, a la mañana siguiente una enorme ikurriña «grande grande» que «no se sabe quién la colocó, apareció entre las flores» custodiando el panteón. En el pueblo nunca han olvidado aquel fatídico suceso, especialmente las personas que lo presenciaron y, por supuesto, sus familiares. Cada 8 de setiembre se honra allí la memoria del joven fallecido. Es necesario preservar la memoria y garantizar que el relato traspase las generaciones; que los jóvenes, especialmente los del pueblo, sepan que aquello ocurrió.
Documentos: Naiz (Oihane Larretxea). El País (Jesús Ceberio)
En MEMORIA de las mujeres y hombres del Ejército de la REPÚBLICA Española