GOLPE y REPRESIÓN franquista en La Coruña

GOLPE y REPRESIoN franquista en La Corunna word pressAnte las noticias de intento de sublevación militar en África miles de Republicanos pidieron armas infructuosamente. El gobernador civil de La Coruña, Joaquín Pérez Carballo pidió a la multitud que se disolviera tranquilamente. La guardia civil prometió mantenerse leal a la República. El general de brigada Rogelio Caridad Pita, gobernador militar de la plaza, informó a Pérez Carballo de su lealtad a la República. Muchas autoridades Republicanas se resguardaron en el edificio del gobierno civil, entre ellos el alcalde Alfredo Suárez Ferrín.

El jefe de la rebelión era el coronel de Infantería Pablo Martín Alonso. Los militares rebeldes, que habían dado su palabra de honor de no sublevarse al general Caridad Pita y al general jefe de la VIII División Orgánica Enrique Salcedo Molinuevo, aprisionaron a ambos. Fuerzas del cuartel de Artillería cañonearon el edificio del gobierno civil, elementos del cuartel de Infantería tomaron el Ayuntamiento y otros edificios oficiales. Un comandante leyó el bando proclamando del estado de guerra, firmado por el coronel Cánovas de la Cruz.

El gobernador, hombre joven y enérgico, y su esposa Juana Maria Capdevielle Sanmartín no menos decidida y animosa, estaban dispuestos a resistir, pero era imposible sin armamento ni dirección militar. La guardia civil se colocó abiertamente al lado de los rebeldes y sus descargas barrieron a los resistentes. El 20 de julio, el gobierno civil se rindió. El gobernador y su esposa fueron hechos prisioneros y conducidos encañonados y brazos en alto. Aquellos leales defensores de la República estaban a merced de sus enemigos que hicieron con ellos una espantosa carnicería. Los sublevados sufrieron 2 bajas y media docena de heridos. Los defensores de la República prefirieron sucumbir a cebarse en la carne de sus hermanos. Las víctimas Republicanas pasaron de 40, en su mayoría mujeres a las que habían alcanzado en sus propios domicilios las descargas de fusilería hechas en las calles, y centenares de heridos.

Bajo el control del mando rebelde se decretó el régimen de terror en la ciudad. Los militares no tenían los mismos escrúpulos que los gobernantes Republicanos. Horas antes el alcalde de La Coruña Suárez Ferrín decía. “Estamos entre la espada y la pared; si armamos al pueblo ¿quién le contiene luego? y si no le armamos ¿qué va a ser de la República?”. Lo que no quiso hacer la República lo hicieron los militares sublevados, que inmediatamente armaron a sus adictos. Todos los elementos reaccionarios de La Coruña, la masa turbia de población, los caciques conservadores, los señoritos insensatos, delincuentes y criminales salidos de las cárceles, ahora tenían armas que salieron de los cuarteles para cometer centenares de asesinatos.

Al movimiento militar se incorporó la falange, que en La Coruña no era nada, pero detrás de los militares rebeldes aparecieron los primeros falangistas, comenzaron a llover adhesiones, estaba creándose el aparato de terror que los militares necesitaban para gobernar. Al principio, las detenciones las practicaba casi exclusivamente la guardia civil, con los falangistas arreciaron los fusilamientos apareciendo cadáveres en las carreteras de La Coruña diariamente, sobre todo en la que pasaba por la puerta de la cárcel, de donde se sacaba a los presos para asesinarles.

Fue necesaria aquella monstruosidad de terror frío y sistemático para que los militares pudieran sostenerse. Cierto día el coche de línea que pasaba por la Cuesta de la Sal, tuvo que detenerse porque había varios cadáveres atravesados en la carretera. Uno de aquellos cuerpos daba aún señales de vida, pero era tanto el miedo que se tenía a Falange que nadie se atrevió a prestar auxilio al moribundo. Cuando se intensificó el terror, los falangistas sacrificaban a sus víctimas en las proximidades de los cementerios. Allí aparecían los cadáveres, y sin identificarlos ni asentarlos en los libros parroquiales se hacían los enterramientos en fosas. Solo en la comarca de La Coruña hay contabilizadas al menos 600 víctimas. En la comarca ferrolana el número se acerca al millar.

Una pobre viuda, madre de 2 muchachos fusilados en Guisamo, había quedado en la más horrenda miseria. Ella y los pequeñuelos estaban condenados a morirse de hambre. Las gentes reaccionarias del barrio se detenían a la puerta de la casa de aquella infortunada y se complacían en injuriarla y amenazarla cruelmente, volcando su odio y su desprecio sobre la madre y los chiquillos no bautizados. El padre había sido un entusiasta romántico de la revolución y había hecho gala siempre de sus ideas.

Quedaron dueñas del campo las cuadrillas de la falange. Cuando las mujeres de los presos iban por las mañanas a la cárcel a llevarles la comida, recibían aterradas la noticia de que el preso había sido puesto en libertad la noche antes. Invariablemente el cadáver aparecía aquella misma mañana. Las mujeres de La Coruña, enloquecidas de desesperación, resolvieron no separarse de las puertas de la prisión. Los centinelas las rechazaban a culatazos, los guardias se las llevaban a rastras. Duró poco, los falangistas volvieron enseguida a sacar de la cárcel a sus víctimas, el terror tomaba nuevas formas y los asesinatos siguieron cometiéndose.

Después llegaron, aunque alternándose con las “sacas”, los “ajusticiamientos legales”, competencia de la justicia militar instaurada por el bando sublevado, rigiéndose por procedimientos sumarísimos en los que “no era preciso, para dictar sentencia, ni siquiera oír al acusado”. Comenzó la farsa, la “justicia al revés”, acusando a los leales a la legitimidad Republicana de “rebelión” como excusa criminal para la práctica del exterminio.


Documentación original: La obra de Hernán Quijano: “Galicia Mártir, Episodios del Terror Blanco en las Provincias Gallegas“. Ediciones Neos, Buenos Aires, circa 1949. Nomes e Voces, lugares de muerte


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