Cortijo Casa Buena, Salteras (Sevilla). Los franquistas ASESINARON a siete REPUBLICANOS en 1936

Cortijo Casa Buena word pressYa nadie puede decir “que era mentira”. “Ya nadie puede decir que no fueron asesinados”, dice a pie de fosa Bernardo Blanco, hijo de uno de los ejecutados por los fascistas, mirando los huesos que asoman de la tierra. Ojalá alguno sea su padre, piensa. Bernardo nació en 1935. Tenía 14 meses de vida cuando los fascistas españoles mataron a su padre, Brígido. “No lo conocía y mi hermana nació después, tenía 5 meses en la barriga de mi madre”, Francisca Díaz González, que de la noche a la mañana quedó viuda y con otra criatura en camino.

“Abuela, si ya me lo has contado 100 veces. Y las que haga falta, para que no se te olvide”, recuerda Julián González. Su abuela se llamaba Pepa Suárez Fernández y vivió el asesinato de su marido, Manuel, “que tendría entre 23 y 27 años”. Pepa rehízo su vida y tuvo otros 6 hijos. Del primer matrimonio, solo Julián, al que en el pueblo acabaron apodando El Comunista. “Pero mi abuela nunca nos ocultó la historia. Siempre nos dijo que lo habían asesinado. Que trabajaba en el campo y que estaba en un sindicato de trabajadores. Y fueron a buscarlo donde estaba y ya está”, narra Julián, que heredó “el carro de la Memoria” de su abuela y de su padre.

Los franquistas secuestraron y mataron a tiros a los 7 de Olivares entre el 24 y el 25 de agosto de 1936. Eran Brígido Blanco Pallarés (padre de Bernardo), Manuel González Mariscal (abuelo de Julián), José Román Delgado, Juan Pallarés García, Fernando Cotán Salado, el entonces alcalde Victoriano Rodríguez Delgado, y el secretario del centro socialista, Anastasio Cortés. “Eran personas destacadas, con una simbología política bastante importante, y en pleno agosto del 36, una vez tomadas estas localidades, los quitaron de en medio”.

Los siete de Olivares forman parte del extenso listado que la represión franquista dejó en Sevilla: en torno a 14.000 muertos, 4.500 sepultados todavía en el cementerio de la capital de Andalucía. Todo, en una provincia sin guerra. Y en una región con un tercio de las víctimas de toda España y que, por sí sola, supera a dictaduras como las de Argentina y Chile juntas, con al menos 45.566 personas arrojadas a 708 fosas comunes.

El suceso quedó recogido en el libro Salteras 1936. Una historia silenciada, del historiador José María García Márquez. La fosa, tan real, fue excavada a las afueras del cementerio. Justo junto a la tapia trasera. Hoy está dentro, tras las obras de ampliación realizadas en los años 70. Un puñado de familias de Olivares (Sevilla) busca a los 7 asesinados en el cortijo Casa Buena. Los arqueólogos han hallado los primeros restos óseos humanos con evidencias de muerte violenta en el pueblo vecino de Salteras. El equipo arqueológico sigue perfilando la fosa donde los utensilios arañan la tierra para ir desenterrando la historia de un país desmemoriado.

A pie de fosa brotan frases que desgarran. “Esto son derechos humanos, y crímenes contra la humanidad, y los familiares tenemos derecho a darles un entierro digno” decía Julián el Comunista. “En casa no ha habido espíritu de revancha”, asevera. Cuando a Julián El Comunista le decían fulano fue el que dio el chivatazo, mengano el que le pegó el tiro, contestaba: “Cualquiera sabe cómo le obligaron y lo que tendría que pasar ese hombre también”. Nunca alimentó el deseo de venganza.

Pero cuando le decían ‘Julián, hay que perdonar’, respondía sin titubeos: “Sí, yo estoy dispuesto a perdonar, pero a ver cuándo viene un hijo de la gran puta aquí a pedirme perdón, que le voy a perdonar, pero por qué no viene, dónde están los que van a pedirme perdón”. O al clásico ‘abrir heridas’, argumento del franquismo sociológico que destrozaba con “las heridas son mías y si a alguien le duele no le va a doler más que a mí, seguro. Déjame a mí con mis heridas y sigue tú con tu victoria”.


Documentos: Eldiario.es (Juan Miguel Baquero)


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