Las aguas del puerto TEÑIDAS de ROJO

Las aguas del puerto teñidas de rojo word pressCuando terminó la guerra yo tenía 13 años. Quedamos 6 hermanos con mi madre y mi abuela. De mi padre, no volvimos a saber de él hasta la primavera del 1939, estaba encerrado en un campo de concentración, cerca de Oviedo. Mi madre me preparó un hatillo, algo de ropa, un poco de chacina para mi padre. Y pan y queso para mí. Tardé 2 semanas en llegar, a pie, claro. Y otra semana para encontrarlo, bueno, lo encontró nuestra perra, la Blanquita, se colaba por debajo de las alambradas y corría de un lado a otro, como loca, buscando a su amo hasta que dio con él.

Los vi acercarse a los 2 a los alambres de pinchos. Y mi padre preguntándome qué hacía allí, le respondí que mi madre me dijo que no lo perdiese de vista, le dije que me quedaría montando la guardia, con Blanquita, cerca del campo. De día robaba cosas, en el campo, para comer, de noche entraba en el campo y dormía con mi padre a la intemperie, en julio ya no hacía mucho frío. Así estuve más de un mes, hasta que llegaron unos falangistas de la Escuadra Negra de Lugo, y reclamaron a todos los gallegos, que iban a hacer unas listas, que los que no estuviesen fichados podrían marcharse a sus casas… Mentira, lo que hicieron fue ir sacándolos, por grupos de 10 o 12, casi todas las noches.

A los 15 primeros los maniataron y se los llevaron carretera adelante, a pie. Los falangistas iban a caballo, haciendo restallar sus fustas sobre las espaldas de los prisioneros. Yo los seguía a distancia, escondiéndome, pese a las repetidas advertencias de mi padre, ordenándome que regresara a casa. Me decía que tanto mi madre como mis hermanos me necesitaban, que yo debía hacer ahora de padre y no sé cuántas cosas más. Pero, yo, cabezón, seguía los consejos de mi madre, no perderlo de vista.

Mi padre era de los últimos del grupo. No irían directamente desde Oviedo a lo que sería su punto de destino, el puerto de Gijón, sino hacia León. Por el camino mataron a los 4 más viejos, no podían soportar la marcha y se quejaban continuamente. Sus asesinos esperaban que se hiciese de noche para liquidarlos y dejarlos en la cuneta. Dos de ellos se iban a dormir al pueblo y los otros 2 se quedaban con los prisioneros. Cuando reemprendían la marcha, poco antes de que amaneciera, yo me acercaba la cuneta, a ver si el muerto no era mi padre… Y así durante las 12 jornadas que duró la marcha.

Los llevaron a la escollera del puerto de Gijón. Yo los seguía a 30 o 40 pasos. Era una noche negra de octubre de 1939. Al borde del mismo muelle, de espaldas al agua, los acribillaron a balazos. Unos gritos de protesta precedieron a los disparos, se empezaron a oír lamentos y quejas. Uno de los ejecutores dijo: «¡Si todavía están vivos!». Otro le replicó: «¡Cómo se nota que eres un novato!». En cosa de segundos los fusilados empezaron a teñir las aguas del puerto con su sangre. Cuando pasaron cerca del escondite de Pascualín, éste oyó que el joven falangista volvía a preguntar: «¿Y por qué les disparamos a las piernas?». El veterano le aclaró: «Porqué así tardan más tempo en desangrarse. ¿Lo comprendes ahora?».

Tan pronto como pudo, Pascualín se precipitó hacia el lugar del fusilamiento. Algunos se agitaban en el agua. Dos o 3 se retorcían medios sumergidos, sobre unas rocas. El chico empezó a murmurar: «Padre… padre… ¿Dónde estás?… ¡soy Pascualín!…». Alguien le respondió, con voz queda: «Pascualín, hijo mío, estoy aquí…». A duras penas lo saqué del agua, y a rastras me lo llevé tierra adentro, antes de que se hiciese de día. Tenía varias heridas en las 2 piernas. Por suerte ninguna de ellas grave. Sólo le quedo dentro una bala, que se la extrajo, en vivo, un amigo del monte. Mi padre tenía muy buena encarnadura y eso fue seguramente lo que le salvó.

Nos pusimos monte adelante y no paramos hasta llegar a la Brañosera, donde vivía la hermana mayor de mi padre, La Valenciana, una mujer de mucho empuje. Cuando mi padre se marchó a la guerrilla se hizo enlace de los guerrilleros, hasta que la mataron en una emboscada. Como le ocurrió a mi padre poco después. Recuerdo que le pregunté a mi madre: «¿Por qué siempre han de ser los mismos quienes salen perdiendo?». «no lo sé, hijo mío, no lo sé… esto va según el destino de cada cual…».


Extraído del Testimonio de Pascual López Dorado, publicado en el libro de Eduardo Pons Prades, “Los niños republicanos en la Guerra de España


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