NICOLÁS MADEJÓN SÁNCHEZ y su hijo AMANCIO, maestros de la REPÚBLICA, ASESINADOS cerca de Las Barderas (Ávila) por los franquistas en 1936

nicolas madejon word pressSalobral es un pequeño pueblo situado en el corazón del Valle Amblés. Al borde de la carretera, es paso obligado en la comunicación entre Ávila y los sureños Valle del Tiétar y Sierra de Gredos. Durante las primeras semanas tras el golpe militar, es grande el trasiego por la carretera de fuerzas militares golpistas que se acercan hasta las proximidades del Puerto del Pico, frente de guerra, o hasta los pueblos norteños de la sierra ya tomados por las fuerzas rebeldes. Era finales de julio cuando un grupo de falangistas para en el pueblo, entra en la Venta de tía Julia y grita: ¡Arriba España! Los presentes, que estaban jugando a las cartas, son obligados a levantarse y hacer el saludo fascista. Uno de los hijos de D. Nicolás, que tenía 12 años y estaba presente, sigue con sus juegos. Los fascistas gritaron: ¡Estas son las enseñanzas del maestro Nicolás Madejón!

El día 8 de agosto, en torno a las 5 de la tarde, regresa la partida de falangistas a Salobral. En la camioneta ya llevan preso al maestro de Sotalvo, D. Juan Bautista Martín Sánchez. Se dirigen a la escuela, pues allí estaba el maestro con su familia, mujer, 5 hijos, y con la maestra del cercano Padiernos, tía de su mujer. Tras romper en la calle una foto de Pasionaria que el maestro tenía, le obligan a montar en la camioneta. Su hijo mayor, Amancio, que tenía estudios de Magisterio terminados y que ya estaba admitido en el listado de interinidades publicado en el mes de junio, dice Yo me voy con mi padre. También es preso. Al pasar la camioneta por Muñogalindo, un grupo de vecinos logra liberar al maestro de Sotalvo diciendo que había sido su maestro y que daban fe de él. Sigue la camioneta su viaje de muerte con D. Nicolás y su hijo Amancio en la caja. Tras pasar el pueblo de Villatoro los asesinos toman un camino que conduce al Prado Caballo, cerca del lugar llamado Las Barderas, que fue testigo de numerosos fusilamientos en esas semanas. Allí, D. Nicolás y Amancio, un padre y un hijo que estaban unidos por los más íntimos lazos de sangre y por los de la misma vocación profesional, son fusilados. Sus sangres se mezclan, sus cuerpos heridos se desploman en un mismo gesto de dolor y muerte. Después el silencio y la soledad.

Al día siguiente, sus cuerpos son recogidos por los vecinos y enterrados en el exterior del cementerio de Villatoro, junto a las tapias, en el mismo lugar donde puede haber algunas decenas de fusilados en esos días. Testigos afirmaron que uno de los asesinados había dejado un rastro de sangre. Malherido había llegado al borde de la carretera buscando auxilio. Allí murió desangrado.

Este es el relato del asesinato de un maestro y de su hijo maestro, de 2 generaciones truncadas por la guerra y el odio. Pero, ¿y su recuerdo como maestro y como persona? Todas las palabras que recuerdan a D. Nicolás son unánimes en un mismo sentido, el de un gran profesional y una excelente persona: Era muy buen maestro. Aprendíamos muy bien con él, sabía enseñar muy bien. Nos trataba estupendamente. Y de su compromiso con los necesitados: En el pueblo había unos calabozos; de su cena les llevaba la cena a los presos. Era muy caritativo. Y dedicado a lo que más le gustaba, enseñar: Después de clase nos dejaba a algunos por la tarde para enseñarnos más, sobre todo los que más lo necesitaban. También enseñaba a los adultos. Hacíamos exposiciones de manualidades. Dirigió una comedia que hicieron los mayores del colegio. Y ningún testimonio de que fuera contra la iglesia o hiciera filiación hacia sus ideas entre los alumnos: Nunca dijo nada contra la iglesia. Cuando quitaron el crucifijo de clase él se lo llevó a su casa y allí le tenía puesto. Él tendría sus ideas, pero en la escuela nunca habló de ellas.

D. Nicolás era miembro de la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza de la UGT. Tenía 50 años cuando fue asesinado. Había nacido en el abulense pueblo de Aveinte y dejó 4 hijos varones de 2 matrimonios diferentes, pues enviudó y volvió a casar. Y dejó también algunas decenas de alumnos que, al decir de las gentes, no volvieron a tener un maestro igual de bueno. Su hijo Amancio tenía 21 años y un futuro por delante en el que estaban un trabajo de maestro y la ilusión de un amor en el pueblo que, como fuego, había empezado a crecer. Vidas truncadas, vidas robadas, vidas tan injustamente tratadas. Después, el olvido, la imposición del silencio, el miedo que atenazó la memoria y la dignidad.


Texto original de M. Rafael Sánchez en el documento La Represión contra Maestros en Ávila


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