REPRESIÓN franquista en Écija (Sevilla)

Écija word pressÉcija, entre Córdoba y Sevilla, era uno de los centros rurales más importantes de Andalucía, tenía unos 30.000 habitantes a principios del siglo XX. A partir del 18 de julio de 1936 la violencia fue el eje dorsal del franquismo, hablaron las armas, los golpistas tenían muy claro como reprimir a los Republicanos. Con el comandante Francisco Morales Martínez-Fortún al mando de los sublevados, militares golpistas, guardia civil y falange declararon el bando de guerra el 18 de julio de 1936. La represión ejercida durante los primeros momentos fue muy efectiva para conseguir sus objetivos por su brutalidad. En Écija se cometieron cientos de asesinatos, torturas, humillaciones y violaciones de los derechos humanos.

A las 22 horas del 18 de julio, el Capitán de Caballería Tello González de Aguilar, disparó su pistola mortalmente sobre el jornalero José Pérez Jiménez cuando este gritó ¡Viva el Ejército Rojo¡ Suerte parecida correría el guardia de asalto Antonio Baena González, fusilado en el cementerio de Écija. Fueron detenidos los concejales y todos los dirigentes políticos que había en el Ayuntamiento. El listado de víctimas del mausoleo del camposanto ecijano recoge 211 nombres aunque hubo más fusilados, muchas muertes no fueron registradas.

Uno de los primeros desaparecidos fue Manuel Cuenca Crespillo, dirigente del PCE, presidente de la Casa del Pueblo, que pagó con su vida el intento de resistencia. Su suegra, Pastora Soto Valderrama de 56 años, recibió un tiro a bocajarro delante de sus nietos, en su casa, todo por tener unas manos primorosas que bordaron una bandera; era una mujer inteligente, con un ideario político que seguir y defender, siempre iba la primera en las manifestaciones, huelgas, no le importaba hablar en público, era solidaria con los pobres, las mujeres y los niños.

En los días siguientes, se encarcelaron a muchas personas en un granero. Comenzaron los paseos, de allí saldrían muchas personas que fueron fusiladas en las tapias del cementerio. También se ejecutaba en distintos cortijos o en el depósito militar de la Turquilla. En Écija no sólo existe una gran fosa común en el cementerio, hay varias diseminadas por el término municipal.

Fusilado igualmente Antonio Salazar Belmonte, sindicalista ecijano, Fernando del Marco, relojero del Ayuntamiento, Antonio Baena González, Juan Jiménez García y su hijo Juan Jiménez Tovar, médico y practicante, fusilados el mismo día: el padre pidió ser fusilado primero para no pasar el trance de ver morir a su hijo. Jiménez García estuvo preso desde julio hasta el 23 de agosto; su hija Carmen fue a llevarle comida, como hacía todos los días, pero una mujer le dijo: «Vete, hija, que estos hijos de puta han fusilado a tu padre».

Ricardo Crespo Romero, parlamentario, fue asesinado en Écija junto con su hermano José, así como Manuel Barrios Jiménez, ecijano cuyos restos no están en esa fosa común pero que tuvo el fúnebre honor de ser asesinado en la misma saca de agosto que terminó con la vida del padre de la patria andaluza, Blas Infante. Las calles ecijanas fueron escenario de truculentas ejecuciones, como el asesinato de un grupo de mujeres que para escarnio público fueron expuestas en las puertas del convento de Santa Inés, rapadas y con un escapulario sobre sus bocas. Dos mujeres fueron fusiladas tras ser delatadas porque en la fuente de Cañato una le dijo a la otra que había que salir al campo a poner banderas rojas.

Los sublevados ejecutaron a buena parte de la corporación municipal, al alcalde Juan Tamarit-Martel, a los concejales, el socialista José Caraballo Caraballo o Francisco Yélamo Gallardo. Al médico Carlos Fernández Ballesteros; al maestro nacional Amable González Andrés, renovador pedagógico de la escuela nueva, abuelo de la socialista Carmen Cerceira Morterero, secretaria federal del PSOE, y al maestro Justo Morterero.

El resto de ecijanos fusilados eran jornaleros, José Rodríguez Fernández, militante de las JSU; Miguel Cordobés; los hermanos Juan y Celedonio Parque, con 16 y 18 años, fusilados juntos porque el pequeño se empeñó en acompañar a su hermano. Manuel Crespillo Fernández, comunista, había confeccionado la hoz y el martillo con rosas del jardín. Unos falangistas le obligaron a quitarlas con la boca, él se negó, entonces le asesinaron a tiros. Al tabernero de la casa del pueblo, Francisco Soria Garrido, su hija cada día le llevaba leche y tortas; hasta que le dijeron que no volviera, su padre había sido ejecutado.

El terror se institucionalizó, quitaron la vida o los sueños a cientos de vecinos, incautaron sus excasos bienes, fueron juzgados en consejos de guerra y tribunales especiales acusados de rebelión militar. Fue un sistema de control político y social y fuente de ingresos. Todo culpable de delito contra el glorioso movimiento nazional, pagó penas pecuniarias, sanciones o embargo de bienes, ceses de la actividad, destierro.

Alcalde, jefes de falange, guardias civiles o municipales, vecinos, curas, tejieron una red de vigilancia para controlar a los disidentes. La represión ejercida por los franquistas en Écija fue tan cruenta que en el resto del país; los ecijanos leales al gobierno democrático se encontraron con la fuerza militar; los años del miedo se impusieron en Écija a golpe de disparo, segando vidas de centenares de personas, arruinando la de otros cientos a fuerza de incautaciones y años de cárcel.


Referencias: Extracto del documento de la historiadora de la Universidad de Córdoba Carmen Jiménez Aguilera: Hombres de corazón de trapo. Represión franquista en Écija 1936-1945, Memoria antifranquista del Baix Llobregat: La represión franquista en Andalucía, pg 67. Ciberécija. La crueldad humana Auschwitz (Raimundo de Ferrol). Represaliados de Écija en Todos los Nombres. El correo de Andalucía (Manuel Rodríguez)


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