FELISA SOBAS RODRÍGUEZ, SOCIALISTA, ASESINADA por pistoleros franquistas en Boecillo (Valladolid), en 1936

Felisa Sobas Rodríguez word pressEl caso es uno de los más conmovedores de la represión franquista por su brutalidad, por la edad de las víctimas, por su indefensión, por su inocencia. La represión franquista se desvela como uno de los hechos más feroces, salvajes y criminales de nuestra historia, y es en este contexto en el que se inscribe y se comprende el esfuerzo continuado del estado español por esconder, obstaculizar e impedir en último término las investigaciones sobre estos hechos, que pondrían negro sobre blanco el auténtico carácter de la sublevación militar, el baño de sangre, la matanza de inocentes y el origen del estado franquista que tuvimos que sufrir durante décadas.

Grupos armados falangistas, sembraron el terror con hechos como éste por todas las localidades vallisoletanas. Los procedimientos de estas bandas armadas, que actuaban de consuno con el ejército y con la guardia civil de cada localidad, fueron peores de lo que cualquiera puede imaginar, más crueles, más sanguinarios y ejercidos con la total impunidad que la camisa azul y la pistola al cinto brindaba a sus autores.

La Rosa de Tudela se llamaba Felisa Sobas Rodríguez. Pertenecía a una familia tradicionalmente socialista de Tudela de Duero: su padre, Rufino Sobas Pinilla, era un obrero socialista afiliado a la Casa del Pueblo desde sus orígenes; su hijo mayor, llamado Nicolás fue elegido Presidente de la Comisión de Conflictos de Tudela, y Felisa era la Presidenta de las Juventudes Socialistas de Tudela de Duero.

Los mayores de Tudela todavía la recuerdan como abanderada, desfilando por la calle Mayor el 1º de Mayo de 1936, en el gran desfile conmemorativo en el que participaban su padre y todos sus hermanos y que reunió a una enorme cantidad de vecinos, que un par de meses más tarde sufrirían las consecuencias en forma de palizas, detenciones, paseos y cárcel.

La familia Sobas fue una de las más represaliadas de Tudela. El padre fue detenido y el hermano mayor, Nicolás, se libró de la muerte al estar fuera del pueblo en los momentos de la sublevación, aunque acabó en prisión. Felisa fue citada por el alguacil para “hacer una declaración” en el ayuntamiento, y a pesar del miedo que sentía por los actos violentos que se estaban produciendo a diario, acudió sola, negándose a que su padre la acompañara por temor a que lo detuvieran.

Lo ocurrido en las dependencias municipales es sabido y es uno de los motivos de mayor vergüenza de los tudelanos: Felisa fue violada por varios hombres en el interior del recinto municipal, donde estuvo encerrada hasta la noche. Varias personas fueron testigos de este hecho vergonzoso. Siendo ya noche cerrada, su padre Rufino Sobas, inquieto por la tardanza de su hija, salió de su casa y se dirigió al ayuntamiento. En la calle, en una esquina de la plaza, se topó con Felisa, que estaba histérica, magullada, con las ropas mal puestas y el cuerpo ensangrentado.

Este hecho terrorífico conmovió al pueblo entero. Rufino, el padre, no podía ni quería callarlo, ni permitió que los violadores calumniaran a su hija, como habían hecho ya con otras víctimas de violación. Inmediatamente fue detenido y apaleado. Felisa estaba fuera de sí. Pocos días después se repitió la escena. Felisa fue conducida al ayuntamiento, esta vez a la fuerza. Las violaciones se repitieron. Era el día 2 de agosto, domingo.

En la madrugada del 2 al 3 de agostos del 36, un grupo de vecinos que se hallaba en un velatorio escucharon gritos y sollozos en la calle. Un grupo de hombres arrastraba a dos mujeres calle abajo. Los vecinos reconocieron sin duda alguna a Felisa y a Josefa Torrecilla, de 62 años. Al final de la calle esperaba un coche que habían incautado los golpistas. En este coche ya habían sido conducidos a la muerte varios vecinos de Tudela.

Los verdugos, todos ellos vecinos de Tudela, obligaron a subir a las dos mujeres al coche y se dirigieron hacia el puente. Los vecinos reconocieron a 2 de los captores, aunque había por lo menos 2 más. Uno de ellos, conductor del coche, era un conocido falangista vallisoletano que desde el primer momento se radicó en Tudela, donde vivía su novia, encabezando y participando en los hechos más horribles sucedidos en la localidad.

Nadie se atrevió a seguir al coche, que atravesó el puente sobre el Duero y se perdió en dirección a los pinares. Eran las 3 de la madrugada del día 3 de agosto de 1936. Pedro Sobas Toquero “Maroto”, pastor natural de Tudela, residente en Boecillo, había sido obligado varias veces a enterrar cadáveres de personas asesinadas. Fue él quien enterró los cuerpos de los 4 vecinos asesinados de Traspinedo en el cementerio de Boecillo. Hacia la mitad de la primera semana de agosto se dirigió al pinar de Boecillo, en la carretera de Las Maricas, con su rebaño de ovejas. En pleno pinar, hacia el lado derecho en dirección a Tudela, vio un montón de ropa; al acercarse pudo ver los cadáveres de 2 mujeres.

Rconoció a una de ellas como su propia sobrina, Felisa. Se encontraba en un estado lastimoso, sin ropas, destrozada y con signos evidentes de violación. A su lado estaba el cadáver de Josefa Torrecilla, vestida y con las manos atadas. Pedro Sobas recogió a sus ovejas y regresó a su casa; llamó a su hijo y le pidió que lo ayudara a enterrar los dos cadáveres. Así lo hicieron, y Pedro le dijo a su hijo que no olvidara jamás el lugar donde cavaron la fosa.

El lugar exacto, marcado con una retama, ha estado desde entonces en la memoria colectiva de Tudela, de Boecillo, de Traspinedo, en toda la zona se podía encontrar a alguna persona capaz de encontrar el lugar, que pasó a ser conocido como “La Retama de las Muertas”. Felisa Sobas, la Rosa Tudelana, pagó con tortura, violación y muerte su militancia socialista y su participación activa en la Casa del Pueblo de la localidad. Durante décadas su nombre se mantuvo en silencio, silencio obligado por los verdugos autores del crimen, por los responsables, que no quisieron evitarlo, y por los cómplices, que conociendo los hechos, los toleraron y callaron.

Pero la memoria de Felisa y su terrible final no se ha borrado jamás de la memoria colectiva del pueblo, siendo siempre motivo de vergüenza entre los tudelanos decentes, porque tanto el crimen como su impunidad es una mancha que afecta al pueblo entero. Recuerdo, pues, para Felisa Sobas, la Rosa de Tudela de Duero, y para todas aquellas mujeres asesinadas y torturadas por los franquistas en nuestra provincia, cuya memoria resurge a pesar de todos los intentos realizados para silenciarla


Artículos originales de Orosia Castán: Último cero y Represión franquista en Valladolid


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