LOS FRANQUISTAS CONVIRTIERON LOS FUSILAMIENTOS DE REPUBLICANOS EN VALLADOLID en un espectáculo público en el que no faltaban los churros y el aguardiente

sangre churros y aguardiente word pressFrente al paredón había una caseta que servía copas de orujo, churros y anisete al público para que confortase la espera. Así animados, los espectadores pasaban un buen rato viendo caer a las víctimas una tras otra, y podían aguantar mejor el frío vallisoletano entre su llegada y el tiro de gracia con el que se despedían hasta el día siguiente. Valladolid era en 1936 una ciudad más bien pequeña en la que todos se conocían. Cuando las víctimas bajaban del camión camino del paredón, los espectadores, hombres, mujeres y niños, intentaban reconocer a los condenados entre comentarios poco compasivos.

El reconocimiento de alguna personalidad pública se comentaba señalándola unos a otros. El máximo interés se centraba en la forma con que estos personajes se enfrentaban a la muerte. Después se comentaba como la faena de un torero y la muerte del toro. “Fulano estuvo valiente” “Mengano dirigió la palabra a los presentes” “Zutano, tan bravucón él, no se tenía en pie…”. El colmo de la expectación se producía cuando entre las víctimas había alguna mujer. Todos los detalles se estudiaban para después difundir por la ciudad: que Vicenta Bermejo se había vestido con el traje de novia para su fusilamiento; que las Doyagüez, madre e hija, iban maquilladas…Se hablaba así de personas, a veces conocidas, a las que fusilaban, caían al suelo ensangrentadas, tiroteadas, muertas ante los ojos de los curiosos. Después podrían leer en el café El Norte de Castilla, en cuya sección “Han sido ejecutados” se daba cuenta exacta de las víctimas diariamente, y con la autoridad que confiere el haber sido testigo en primera fila, ampliar, comentar y hasta rectificar cada detalle con los amigotes.

Los fusilados de San Isidro habían sido acusados de “rebelión militar” y de “ayuda a la rebelión”, y condenados a muerte en juicios cuyos jueces, y los espectadores que se solazaban con el espectáculo de la ejecución, sabían que en realidad eran simples vecinos, civiles desarmados, inocentes de semejantes cargos que los acusadores les endosaban. Eran personalidades públicas, políticos elegidos en las urnas, sindicalistas, intelectuales, obreros concienciados, funcionarios… en total, cerca de 500 personas perdieron la vida en ese lugar, los altos de San Isidro, donde hoy se encuentran las pistas deportivas de un colegio público.


Artículo original de Orosia Castán: Represión franquista en Valladolid


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