EL VIAJE DE EUGENIO SÁNCHEZ A LA CÁMARA DE GAS NAZI. De los 5.500 españoles asesinados en los campos nazis, al menos 449 fueron gaseados en el castillo de Hartheim. Carlos Hernández

Eugenio Sánchez Mauthausen word pressEugenio nació en Cuenca, cerca de Fuente Obejuna. Durante tres años peleó por defender la democracia republicana hasta que, en febrero de 1939, tuvo que escapar a Francia del imparable avance franquista. Las tropas de Adolf Hitler le capturaron y terminó recluido en el campo de Mauthausen. La Gestapo se limitaba a cumplir la orden dictada por Himmler y por Heydrich tras reunirse en Berlín con Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y ministro de la Gobernación de “la nueva España”. Solo los españoles debían ser deportados a campos de concentración para ser exterminados.

Nada más entrar en el campo de concentración fue humillado, golpeado, rapado, desnudado… Los SS le dieron el tristemente célebre traje rayado y le robaron hasta su nombre; Eugenio dejó de existir y se convirtió en el prisionero 3.507. De su estancia en Mauthausen no guarda ni un solo recuerdo agradable. Llegó a finales de enero de 1941 y seis meses después estaba tan débil, tan hambriento, tan enfermo que los SS le trasladaron a Gusen, un subcampo situado a 5 kilómetros en el que las condiciones de vida eran aún más duras e inhumanas.

Después de siete meses en el infierno de Mauthausen, los nazis enviaron a Eugenio Sánchez Rivera junto a otros 29 españoles y a 15 deportados holandeses, polacos y alemanes al castillo de Hartheim, donde le condujeron a la ducha con todos los compañeros. Víctor Alcojor, del pueblo toledano de Mohedas de la Jara; Bernardo Ruiz, de Alhama de Granada; Jesús Melero, albaceteño de Villarrobledo; el madrileño Manuel Castañeda; el aviador barcelonés Romá Busquets; el coruñés Clemente García; los hermanos Agapito y Crescencio Cuesta, que habían logrado permanecer juntos desde que abandonaron la localidad abulense de Lanzahíta… En total 30 españoles y otros 15 judíos holandeses, “antisociales” alemanes y presos polacos. La sala de duchas comenzó a llenarse de gas. El monóxido de carbono no les provocó una muerte rápida ni indolora. Los gritos y los lamentos en español se prolongaron durante más de media hora. Después, el silencio volvió a reinar entre los muros de Hartheim. Un grupo de prisioneros se encargó de sacar los cadáveres así como de limpiar los vómitos y excrementos que salpicaban el suelo y las paredes de la cámara de gas.

Un Oberscharführer de Mauthausen firmó el falso certificado de defunción de los 45 prisioneros. En él Eugenio fue registrado como fallecido a las 4:41 horas del 29 de septiembre de 1941. El suboficial de las SS consignó a continuación el nombre completo y la dirección de Agustina, la esposa que durante años siguió esperando, día tras día, que su marido regresara a Fuente Obejuna.


Documento original en eldiario.es


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