LAS 15 ROSAS DE GRAZALEMA. 1937. Sacadas de sus casas por militares franquistas, torturadas, apaleadas, humilladas, fusiladas y enterradas en una fosa en una curva de la carretera a Ronda.

grazalema 2 word press“Se la llevaron. Eso lo presencié yo y tenía siete años”, relata entre lágrimas Teresa Sánchez Barea, hija, sobrina y prima de tres de las asesinadas. “Yo le llevé una tortilla a mi madre a los calabozos, pero se me olvidó freír las patatas y la cebolla y no se la pudo comer”, rememora Andrés Navarro, cuya madre, Catalina Alcaraz, fue fusilada por ser hija de un concejal republicano. “Adelina le agradeceré que atienda usted a mis pequeños y les de comer. La comida me la dejé puesta. Pueden dormir en mi casa y ustedes echarles una miradita que, como son tan malos, no quiero que les den mucha guerra. A ver si pudiera ser que pronto me dejaran salir. Gracias y le queda muy agradecida su amiga. Catalina Alcaraz”. Las 15 mujeres fueron ejecutadas después de haberlas sometido a torturas atroces y el bochorno público de raparles el pelo, darles aceite de ricino, pasearlas sin ropa en carretas tiradas por burros, y finalmente fusilarlas y arrojarlas a una fosa.

Era de noche cuando las detenían. Una a una. “Isabel ha desaparecido”; “se han llevado a Teresa”, se escuchaba en las calles del pueblo. Era de madrugada, las metieron a las 15 en una furgoneta que se alejó del pueblo, las bajaron y las obligaron a recorrer a pie 500 metros más. Muchas se tambaleaban y tenían que apoyarse las unas en las otras. Ya estaba listo un hueco en la tierra que sirvió para enterrarlas. Casi todas tenían entre 20 y 30 años. Al morir, cuatro de ellas se encontraban en avanzado estado de gestación. No hubo tiro de gracia. No fueron ejecuciones en caliente, sino producto de una estrategia premeditada y sistemática para crear terror. Se encontraron pocos proyectiles, habiendo importantes signos de uso de arma blanca. Los impactos de bala en el cráneo de estas víctimas se mezclan con una fragmentación del cráneo que remataba los cuerpos con un fuerte palazo en la cabeza. Entre los elementos vinculantes con arma blanca, también se encontró un hacha.

¿Por qué las mataron? Fue un castigo. Se las mató por ser novias, esposas, madres, hijas o hermanas de republicanos. También fue asesinado un adolescente de no más de 14 años, el nieto de La Bizarra, una conocida mujer del pueblo, al que se le ordenó excavar un agujero que, sin saberlo, se terminaría convirtiendo en su tumba. Los restos fueron recuperados en 2008 y un año después se les pudo dar sepultura en el cementerio de Grazalema. La apertura de la fosa y la extracción de los huesos testimonió una macabra agonía. Fueron publicados los nombres y apellidos: Teresa Castro Ramírez, Salud Alberto Barea, Catalina Alcaraz Godoy, Isabel Atienza Gómez, Josefa de Jesús Gómez, Isabel Barea Rincón, María Barea Rincón, Ana Fernández Ramírez, Cristina Carrillo Torres, Lolita Gómez, María Josefa Nogales, Teresa Menacho, Antonia Pérez Vega, María Isabel Román Montes, Natividad Vilches y el pequeño Francisco Peña García, conocido como “el Bizarrito”. Isabel y Josefa eran hermanas. Lolita era sobrina de ambas. María y Jerónima, también hermanas. Eran campesinas, obreras de la tierra y del ganado. Ninguna estaba afiliada a ningún partido político, no tenían actividad pública.

Grazalema alberga otras siete fosas ya localizadas. No hay papeles que hablen de ellas. No hay registros civiles ni archivos parroquiales. Las señalan los relatos orales de los vecinos, y también marcas que dejaron personas que no querían que se olvidara a los muertos. Plantaron pinsapos, pintaron piedras, colocaron cruces con rocas, como en la fosa de las mujeres. Hay más fosas en el municipio de Grazalema. Dos en El Boyar, una en Los Asomaderos y otra en la subida al pinsapar por Benamahoma, en la Esquina del Tajo. En el cementerio de Grazalema hay una más como la del antiguo camposanto de Benamahoma, donde estarán los restos de otros cien fusilados. En la Fosa Marrufo, en Puerto Galis están enterradas unas 300 personas, vecinos de Ubrique, Jimena, Alcalá y quizás de Cortes. El acantilado de Grazalema es ahora un mirador, pero durante los peores años sirvió para arrojar a los muertos. Los refuerzos de cemento han tapado los agujeros de bala de la plaza de toros de la pedanía de Benamahoma, lugar de numerosos fusilamientos. Un muro blanco en el cementerio viejo impide ver los cinco estratos con huesos de los que fueron cubiertos con cal viva.


Documentos originales en Memoria libertaria, EL PAIS (Pedro Espinosa), Canal Sur, Lugares con historia (Javier Ramos), Público (María Serrano), Caocultura (Fernando Sigler)


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